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EL PENDULO DE VIDRIO

Pedro Pablo Fernández

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Pedro Pablo Fernández nació en abril de 1953 en San José de Ocoa, Provincia Baní, Santo Domingo, República Dominicana. Comenzó a escribir a la edad de once años y a publicar a los 17, en medios periodísticos barriales.

Escritor, poeta, ensayista, investigador, publicista, columnista de periódico. Ejerce la publicidad desde el año 1978, cuando ingresó como copywriter junior a la agencia Young And Rubicam Damaris, en Santo Domingo, donde era director creativo el poeta, ensayista y cuentista René Rodríguez Soriano, con quien entraría después, 1978, a formar parte del grupo literario ...Y punto, el cual nucleó a un grupo de poetas de los 70 (que he bautizado, en reciente entrevista para la revista Vetas, con el nombre de Transgeneración del 70: Diómedes Núñez Polanco, René Rodríguez, Denis Mota, Tomás Castro, Elpidio Guillén Peña, Cayo Claudio Espinal, y muchos otros que pertenecen a este espacio generacional en el país dominicano).

En materia de poesía, ha publicado hasta ahora: Fragmentaciones, 1981; Presencia & Monólogo, 1983; Sístole diástole, 1986; Veinte Pop emas rockmánticos, 1986; Delicatessen, 1986 (edición restringida, fotocopiada)_]; Cundeamor (antología poética), 1994, edición manual y suplemento periodístico; Agua Lírica, 1996 (edición, restringida, a impresión compuláser; Porque Chocolate, 1996; edición compuláser.

Su expresión poética es un menú gourmet de metáforas exquisitas, con un telón de fondo temático orientado medularmente al tema erótico, y en menor medida al concepto metafísico.

Fuerte olor a escritura y a sintaxis.

Inquilinos de una casa llena de palabras color azufre; habitantes del desespero, migraña en la leche, sucios de urgencias y media noche; el semen nuestro con un fuerte olor a libros viejos y la vista cansada de oír lamentos y teorías en sillas de rueda; entre la hepatitis del ser y del no ser; yo, tú, nosotros y aquél. Entre el desespero y el futuro: calaveras ácidas.

 

Letras muertas.

Seres como letras muertas; seres, nosotros, con un olor a pasado mañana, un olor a gramática, a intelecto y a plato vacío; un olor a ninguna plata, a sinécdoque y a peces rotos;

un fuerte olor a escritura y a sintaxis y a deseo zurcido; un olor a adjetivo chamuscado y a verbo viudo; un como olor a manos que piden, y uña que llora y legaña, insomnio, elegía.

 

Mi sombra.

Mi sombra, mujer de cada uno y de ninguno, sin párpádo ni éxito, ni sandalias; sin rótula ni éxito en las noches ni en los días nublados; mi sombra, es quien anda con un problema metafísico tremendo y una jaqueca insoportable, y no yo.

 

El olvido, esa yerba mala.

Olvidan los dioses, olvida la lluvia, olvida mi hígado, olvido yo; olvida el paisaje, olvida el arco iris. El olvido, esa yerba mala. Olvidamos que el río no es agua, es espejo; que la noche es la misma luz, de vacaciones; que lo salobre es el mal humor de lo dulce.

 

Sin la metáfora.

Sin la metáfora, la lluvia simplemente sería ese inmenso ejército de soldaditos de hielo caídos en desgracia; el mar, una vaina temblorosa ahí, con sal y uniforme azul. Sin la metáfora, qué otro motivo tendría el viento para jugar con las dos aceitunas del pecho de una muchacha. Sin la metáfora, el semen nunca más será ese yogur clandestino que beben las secretarias en las tardes anfibias y locas del estrógeno; ni el dolor fuera como es y como ha sido, el bostezo del dios de todas las espinas.

 

Nadie que es alguien.

Nadie que es alguien vocifera alcoholes impronunciables, ensucia seis sonatas, enyesa una carcajada, blasfema una metáfora. Alguien; un espanto, un rumor con cuerpo quizás; que no es el duende verde de la clorofila ni el duende decente de la miel de abeja; ensucia este minuto, golpea la paz por el costillar izquierdo, maldice, desdice. Nadie que es alguien festeja una hepatitis y un luto para que luego una gerencia de moscas amenice un párpado sin oficio. Nadie que es alguien siembra un ofidio, una tristeza, una fruta podrida en el ánimo.

 

Un sonido como de clavícula.

Cien cerezas muertas y un sonido como de clavícula, y un sonido de geografía y mortaja y mar sin muchas ganas de quedar dormido. Un aire abuelo casi; aire duro, difícil para la amistad. Un sonido como de clavícula, y el paisaje con la cara muy seria. Esqueletos de cerezas a la vera de una lágrima; huesos de palabras, huesos de sustantivos rotos; cerezas del alma, llovidas por odio y machetes con las encías muy grandes.

 

Salsa bisílaba.

La salsa de un sarcófago avitamina el momento. Salsa sola, salsa perversa y brutal; salsa bisílaba y soltera; turbia, inoportuna como todo lo oscuro. Salsa de dioses cocidos en un aceite enemigo, porque la muerte sólo tiene la razón cuando el azúcar está de vacaciones. Salsa bisílaba, la del odio; muchacho agrio. Cuando muere un amigo se oye un fuerte olor a chocolate roto por toda la ciudad. La salsa de un sarcófago y el momento van tomados de la mano.

 

Todas las rosas menstruan

Todas las rosas menstruan antes de las tres de la tarde. Sangre sucia de tomates muertos. Los mismos tomates maduros que se pudren en las entrepiernas de las muchachas. Terca oportuna salsa de tomate de lo femenino flor.

 

Amar y morir.

Amar y morir, como un ángel de canela en el té maldito de lo pasajero; como la encía de una rosa en el sexo sin cama del tiempo. Amar, vivir; en el agua siamesa del dolor y el azúcar; y soñar, mientras nos bebemos un jarro de teoremas y de motel, conversando con amigos y monóxido de carbono, y muchachas con la lechuga usada, festivo el páncreas.

 

Una alegría desdentada.

Un reloj muy llovido y una alegría desdentada, inútiles ya para lo festivo; un mal rato y su mayonesa. La copa de un árbol y ningún vino. Alegría que no tuvo encía, reír que no tuvo labio; la vida y sus uvas marchitas; el futuro, que no es nadie y habla hasta por los codos.

 

La muerte y su sastrería.

Hebras de apellidos, retazos de hígados; palabras cabizbajas cosidas a un destino de éxodo, interjección y funeraria. La muerte y su sastrería: costura metafísica, dolor de hombre; hambre del homóplato.

 

Llegar muy pronto.

A pie y demasiado rápido, como tropel de ganado vacuno, los minutos apuran el paso para llegar muy pronto a ninguna parte.

 

Las sinuosas oquedades.

Oscuro el mérito de lo que murió mañana y nació nunca; ritual espeso de lo que vaga y boga en las sinuosas oquedades de lo informe.

 

Muñecos de trapo.

Inquilinos de un ir y venir, chopos hirsutos de las otredades, somos; amanuenses y legos en un hábitat de uvas podridas: muñecos de trapo con mucha hambre y poca orquídea. Y muy poca orquídea.

 

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