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EL PENDULO DE VIDRIO
VERTICE DEL CIRCULO
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VERTICE DEL CIRCULO / TERESA CORASPE
HORACIO CABRERA SIFONTES O LA QUERENCIA DE GUAYANA.
 

Perfiles.


            En el patio, reflexionando sobre la vida, su brevedad y el tiempo, ese que iba cada día mareándole su huella implacable sobre el rostro, pero jamás su brillante inteligencia; en esos momentos adelgazados por la nostalgia, pensaba que cuando él se fuera ese espacio desocupado por su presencia física, iba a dejar honda huella en el alma. Y reflexionando también sobre su última etapa vital, dedicada con una verdadera creencia
y vehemencia, a una determinada política, y volviendo, a interrogarme una y otra vez en las mismas y reiteradas reflexiones, concluía: que él y su obra no necesitaban sino sólo del inagotable fluir de sus ideas. Y luego, en nuestras innumerables conversaciones, obviamos siempre, los
temas que pudieran dejar hendidura en nuestra amistad, y cada uno, por respeto al otro, evadía.



El caballero Don Horacio.



            Don Horacio era un caballero con un toque de formalidad inglesa: yo recuerdo, cuando le hacía una invitación ( casi siempre por teléfono), él preguntaba inmediatamente: ¿A qué hora es?  - a las siete, Don Horacio. Al verme llegar al lugar previsto, miraba el reloj y me decía: ¡Qué sentido de la responsabilidad! Has llegado tarde, son las siete y cinco minutos, por lo tanto llevo cinco minutos esperándote. Y este
reclamo no era en broma. Exigía puntualidad y exactitud, porque no estaba dentro de sus conceptos el irrespeto al tiempo de los demás, y por supuesto, de su tiempo, porque era un trabajador incansable: leía e investigaba sin cesar, en esa casa que era su mundo, su rincón, su buhardilla, como en forma inolvidable nos habla Bachelard, en su Poética del Espacio. 



Su obra, su saber.

             En su extensa obra no está implícito todo lo que él pudo, como pensador y crítico, dejar a la posteridad. Su saber tenía la profundidad interna, no el "sí mismo" de Haidegger, sino hacia todo lo que lo rodeaba, y por supuesto, la vida y la obra de los hombres, los sucesos históricos. Su sabiduría quedó sólo en el recuerdo de su conversación, y  que no llevó íntegra a su literatura, porque prefirió la anécdota, el estilo de fácil lectura, como una manera de querer comunicar con detalles, los episodios casi todos biográficos y autobiográficos que le dan un perfil inconfundible a su obra.

            Uno de los filósofos a quien más leyó fue a F. Hegel, quizás por su tesis de que "la historia universal se desenvuelve en el terreno del espíritu".  Falacias absolutas para Don Horacio. En realidad su devoción fue para: "el más grande historiador de todos los tiempos: Will Durant", a quien releía constantemente y eran sus libros de cabecera. La obra de este autor en esa Biblioteca que reconstruyo en la memoria, está completamente subrayada y con anotaciones personales de aceptación o negación. Voy a referirme a algunos subrayados: le tenía una acérrima adversión a los homosexuales como a la homosexualidad en sí, tanto como al cristianismo y todo lo que tenía que ver o se parecía a religión. Era ateo confeso, pero un ateísmo sincero, sin máscaras y con todo el irrespeto posible. No he conocido personalmente a ningún otro ser más rofundamente convencido de que Dios no existe. Justamente, su libro EL PROFETA ENOCH,  nos tiene mucho que decir a este respecto, porque Don Horacio no creía en mitos, ni en cuentos de fantasmas y aparecidos. Se planteaba una realidad concreta basada en el conocimiento científico.
Yo no sé si alguna vez vaciló (aunque no lo creo), entre la razón y algo más allá de la razón y de todo razonamiento posible, porque el ser humano busca, casi siempre, sumergirse entre sus propias contradicciones. Y no solamente en El Profeta Enoch, en toda su obra queda marcado su ateísmo y repulsión hacia el homosexual. Cuando Will Durant nos refiere la historia de Grecia y Roma y describe los personajes como Alejandro Magno, Sócrates y otros, inmediatamente Don Horacio hacía un asterisco o llamado a pié de página: "su mancebo", "maricón", "otro maricón", como para reafirmar: este también lo era... Y era tanta la pasión por los Tomos de Will Durant, que una espléndia mañana de otro Domingo, en que regularmente iba a mi casa, y por supuesto, no podía faltar una taza de café, se le ocurrió que yo debía leer a W. Durant, y con una regularidad ritualista me fue llevando los tomos uno por uno. A veces me llamaba por teléfono para preguntarme: ¿por dónde vas? y yo:  no, aún no, Don Horacio, pero si viene, venga sólo por el café. Es que tienes ( me decía) , que terminar ese Tomo, para llevarte el siguiente. Fue así como de ese gesto maravilloso e inolvidable fui a Grecia, Roma, Egipto, la India etc. En la  palabra de Will Durant , su Dios.

Aparte de su obra, en las diversas entrevistas para las páginas literarias que dirigí y una muy particular entrevista sobre la poesía en Guayana, destacó a Matías Carrasco, el verdadero, de quien tomó el pseudónimo el Matías Carrasco que todos conocemos. No creía en absoluto en los poetas, menos en los de ahora, y muchísimo menos en los espacios en blanco, que es el margen propio de todo poema en verso. Se burlaba por esto y me decía: "que manía de desperdiciar el papel". Le gustaban sólo textos de Herrera y Reisig de  quien me leía sonetos para decirme: ¡Esto sí es poesía!. Sin embargo se ufanaba de haberle escrito un poema, (cuando sólo tenía quince años), a la reina de su Liceo.

            En diciembre pasado, cuando el bautizo de mi libro: TANTA NADA PARA TANTO INFIERNO, en la dedicatoria ( que no imaginé fuera la última), escribí: "A Don Horacio, aunque no le gusten mis poemas y sus espacios en blanco, pero lo importante es que lo quiero más que el carajo..."
     

            Justamente, dos semanas antes de irse por los senderos más altos, estuvo en la Librería Kuai-Mare (donde yo trabajaba), para decirme: "Quiero que publiques este soneto en tu Página "Ojo de Buho", dedicado a nuestra excelsa poeta de protéico numen y fama universal:  Jean Aristeguieta. Un soneto ( cacha e´ palo) que me arrancaron sus estrofas exhibidas en mármol, en la Plaza de Guasipati, su pueblo"

            Esta fue la última vez  que lo vi, pero escuché su voz airada por teléfono para hacerme un reclamo por errores de impresión, que él imaginó eran correcciones que yo le había hecho a su texto. Le expliqué que en el Diario no había quien corrigiera los originales y guardó silencio, no muy convencido, por cierto.

            Esa fue una manera muy particular de despedirse. Una semana después, ante la desesperación de imaginarse que podía quedar impedido para proseguir su brillante trayectoria, no le tembló el pulso para ponerle fin a su vida, como tampoco le tembló jamás en sus innumerables cacerías por la selva de Guayana.

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